La letra con sangre entra. Y eso
remonta al maldito puntero, a las épocas de machetear escribiendo con un punzón
en el pupitre de madera, el control de la uñas cortadas y la prolijidad del
guardapolvos almidonado que de tanto
rozar paspaba, y a la maestra bigotuda que apretaba con la composición de la
vaca y la tabla de siete la maldita tabla del siete así, tracción a sangre, en
esas épocas en las que nadie ayudaba con trucos o atajos, para saber un poco
más las historias de pueblos remotos como los romanos o de esas mujeres
patricias que ayudaron al general con lo único que era fácil de entender que
era que el tipo después de san Lorenzo donde lo salvó un sargento que pasó a la
historia también, terminó cruzando los andes y escarmentando con otro general a
los realistas que lo único que justificaban era el día de la raza de ellos,
porque los indios evangelizados y acallados tenían que mantenerse al margen, en
las fiestas patrias de la escuela de los burros marcados o de los mate cocido,
y eso remonta a las pruebas de geografía a las preguntas sobre montañas, a
paralelos isobaras y meridianos, a parte de los mismos líos que no se entendían
como no se entendía de la geografía de estas latitudes, y eso remonta al premio
al mérito a la constancia a eso que es mejor ser un poco burro pero
voluntariosos que brillante y vago, que a la larga se aprende hasta lo que
enseñaban las señoritas de manualidades de música o el profesor de educación
física que era un conjunto maestros que
sufrían más que los otros, de los caprichos y la ocurrencias de los que ponían
el lomo o las manos o las piernas para ser azotados en los pasillos o en las
mismas aulas, cuando la enciclopedia se aprendía golpe a golpe más que con
persuasiones.

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