Al que escupe para arriba le cae
la saliva en la cara, los credos las pilchas las locuras, los trabajos las
elecciones las lujurias, los protocolos las manías las usuras, las agachadas los
arrojos las venturas, los cerrojos las recuperaciones, los tropezones las
zancadillas las trampas, la moral la moralina las rebeliones, aunque se piense
diferente nuca hay argumento suficiente como para tener la seguridad de estar
exento de infortunios de preludios desentonados, como para creer que
definitivamente se llegó a la meta que eso que fue la desgracia ajena jamás
será desgracia propia, porque la vida es suficientemente larga para que en sus
vueltas no aparezcan como propias adversidades que se supusieron imposibles como
propios o errores que se juzgaron y condenaron en otros, porque la vida es
suficientemente corta y entonces lo que se condenó con el discurso el relato o
el verbo porque se trató de otro se presenta de pronto como una fatalidad
propia, que retrotrae el comentario maligno y caprichoso, condenatorio de la
resolución que el otro da a sus melodramas como si los resultados las resoluciones de los propios acertijos fueran
siempre los más acertados o de los mejores justamente porque son propios, y lo
de los demás fueran pura basura.

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