Justo que las cosas comenzaban a
acomodarse después de tantas adversidades de andar entre cronopios ignotos y
famas mala leche, primero en laburos de morondanga ganarse un lugar entre esos
que estaban encantados de poner el culo en sillas de escritorios inamovibles igual
que ellos haraganes con aires de supervisores de turnos uniformados en camisas
de hilo impecables y blancas y pantalones de gabardina de poplin o de lino, después
de hacerle de cadete en adolescencia dura a cualquiera con aires de jefe, y segundo
después de lomear hasta el hartazgo con cuanto agrandado se cruzaba, después de
pelearle duro a la pobreza a saber lo que es tener hambre y no tener ni un puto
pedazo de pan sobre la mesa endurecido en la heladera destartalada para que no
le anden las cucarachas, tercero cuarto quinto, tanto caminar para quedarse
tranquilo después en algún momento en algún rescoldo de un trajín que no se
terminaba porque era pagar cuentas y empezar con unas seguir con otras, las cuotita
del auto las mensualidades de los seguros contra terceros de las emergencias
médicas, después y comprar y cambiar esos autos en cómodas cuotas como en
cómodas cuotas pagar el seguro y el combustible todos eran gastos metidos todos
en los presupuestos que se garabateaban en hojas que se desparramaban después
en los estantes de bibliotecas o en cajones de mesas, además de la casita que
se hizo ladrillo a ladrillo para cuando llegue el retiro, tanto cambiar cada
tanto el rodado como para que un día, justo cuando todo pintaba que se acomodaba
y que los hijos estaban grandes y encaminados y la bruja cansada de andar
puteando, culpa del chupe del burro ese que manejaba iracundo como otros
iracundos como hay iracundos por todos los lugares se mandara una cagada de
segundos y se mandara con el camión por la otra mano, fatalidades, se desviara
y lo chocara de tal modo que quedó su cabeza ensangrentada dando vueltas en la
banquina de ese punto de la ruta 34.

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