Menos mal que el pendejo terminó
ese fin de semana lejos de ahí con su papá y no tuvo que hacerse la rabona, un
faltazo más pero esta vez con aviso para que no se enojara el director García,
un viernes de faltazo como las docenas de inasistencias injustificadas con las
que la celadora le estampaba y le llenaba la libreta, menos mal que por la foto
familiar que tenían que sacar con los abuelos antes que pararan la pata, menos
mal que para tener esa foto familiar necesitaran un despliegue de dos días entre
el viaje en el Balut y las tertulias familiares tomando mate cebado y pasando
lista de los ausentes porque estaban encarnizadas cuñadas resentidas y nueras
iracundas con alguno de los parientes, pasando listas de los presentes que deponiendo
broncas y otras rencillas se avinieron a darle una satisfacción a los viejos
que ni se imaginaban que más de uno de los que los rodeaban se sacaba los ojos
de la cara con lo que quedaría como herencia anticipando los duelos y los
fallecimientos que todos calculaban se darían próximamente, de todos los
parientes concurriendo a la casa de los viejos y esperando una vez allá al fotógrafo
que cobraba oro en polvo por unos minutos al cabo de los cuales los acomodaba
como a los treinta que eran tratando que nadie se le saliera de foco que todos
entraran en el marco primero de la cámara y al último de esa foto familiar
encargada con varios meses de anticipación como para que el tipo no falluteara,
menos mal porque justo fue en esos días en ese maldito par de días que los
milicos paracaidistas en el ingenio después del veinticuatro de marzo, arrasaron
con todos los tigres menos uno del quinto año en la escuela normal de maestros
en el ingenio además de los obreros y los empleados que se llevaron gracias a
la información de los vecinos comedidos que después mucho después se hacían los
sorprendidos y se lavaban las manos cuando alguien decía que quién les habrá
dado información a los hijos de puta, por eso a él no le gustaba cuando venía
el Melitón con todas sus historias cuando ellos estaban comiendo sus cabezas
guateadas sus picantes de pollo, no tenía mucha calle no mucho pavimento pero a
él le había tocado trabajar toda su vida y no había forma de comer si él o
ellos se metían con eso que el otro decía descuidando el laburo los sueños los
turnos, de hablarles a los compañeros del proletariado y de sus luchas de años
para que la repartija fuera más justa para los laburantes y un poco menos para
los patrones, que eso las quieren a todas reverendos hijos de sus madres, menos
mal que el pendejo se fue para la foto porque así se salvó de que lo llevaran.

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