En los bordes fríos
y húmedos de los zaguanes y los pasillos de los obradores y los depósitos, y a
la hora de la siesta, se amontonaban las lagartijas y los sapos escapando de
los cuarenta y cinco grados a la sombra, telón del fondo del paisaje que los
paseantes obligados evitaban, sofocados en otros rincones de la fábrica, a ese
lugar en los bordes, de vez en cuando, caía en torpe vuelo como atontado, algún
coyuyo despierto antes de hora, para embromar con su zumbido, la tranquilidad y
la pachorra de los otros bichos, que disfrutaban las corrientes de aire fresco,
ajenos al bullicio de los obreros y estibadores que en sus descansos de entre
turnos, devoraban como desaforados la comida que sus parientes les dejaban en
portería y les servía para recuperar las energías que perdían, ahí era donde
Melitón caía chapeando con el cargo de secretario general que la última
asamblea le había dado, y en minutos resumía los discursos donde contaba de la
unión soviética y las ventajas de recuperar la propiedad privada del capital
que los vivos de los patrones amasaban con el trabajo y el sudor de cientos de
miles de compañeros explotados por todos lados, de las ventajas de una urgente
reforma agraria que les sacara a los pobres para devolverles a los ricos y de
las fajinas que se organizaban en la isla para preparar a los compañeros en el
uso de las armas para cuando llegara el momento de la lucha armada, y ahí
comenzaban los bostezos a los muchachos que no le entendían ni la mitad de los
discursos y las consignas, les entraban las modorras, igual que la modorra de
los bichos pegados a los zócalos, que de a ratos abrían sus grandes ojitos como
si se asombraran de las guarangadas que se cruzaban los trabajadores regresando
a regañadientes a sus pesadas tareas después de las arengas, después de esos
decursos, después de los discursos.

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