Las lagartijas y
los sapos cerraban y abrían sus grandes ojitos cuando alguna que otra rata del
tamaño de un gato pasaba sin mirarlos por los bordes de los pasillos de los
depósitos abarrotados de estibas con bolsas de cincuenta quilogramos por las
que los cuarenta y cinco grados a la sombra se hacían como cincuenta cerca de
esos castillos o murallas que parecían los miles de bultos de azúcar
humedecidos y amontonados todavía como salían de la fábrica, las lagartijas y
los sapos abrían y cerraban sus grandes ojitos como si midieran la necesidad de
moverse si la rata se acercaba demasiado a llevarse el coyuyo desvelado que
estrellado en el piso parecía en hibernación o directamente de haber entrado en
la historia de la especie, ellos parecían entender todos los códigos de sus
cadenas alimentarias que los disciplinaban más que los venenos que de vez en
cuando esparcían los obreros para combatirlos y a los cuales se volvían inmunes
después de unas vueltas, no como esos obreros que comenzaban con las burlas
después del popurrí de palabras y discursos de Melitón que los instaba a la
insurrección y a la revolución que ellos no querían con el argumento que quién
les iba a pagar si no eran los patrones los dueños del ingenio que lo otro era
puro bla bla del que no sabe lo que es parar la olla día por día mes por mes,
desagradecidos ni se enteraban que el secretario general del sindicato de
obreros y empleados con esas maratones que hace con los compañeros caía como
muerto en la cama lo que no le resultaba nada bien a Josefa su mujer que
consideraba que los dos estaban en edad de merecer y con eso lo sacaba de sus
cabales sin entender lo que era la lucha de clases.

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