Todos
los sábados parecía que estaban en competencia lo mismo que en una maratón,
Doña Blanca en una parte del ingenio a unos metros del almacén grande
atendiendo a las damas que le llenaban de bullicio el living de su casa que es
donde las atendía horas de horas en sillones mullidos y reclinables acomodados
debajo de los secadores de pelo inmensos secadores para soplar frondosas cabelleras que luego se hacían rígidas gracias a ponchadas de spray, y Tomasito el marido de Blanca y Don Giovanni
a unas cuadras cerca de la avenida libertad atendiendo a los hombres niños grandes y viejos que se
amontonaban también en el salón de la peluquería que era un cuchitril cedido
por la empresa donde ellos grandes y chicos y viejos cascarrabias esperaban sus turnos pacientemente maldiciendo otros, todos escuchando las aventuras fantasiosas del tano u hojeando ejemplares viejos
del gráfico o de una revista life toda destartalada que dejaba de tanto en
tanto la mujer del administrador que como su marido tenían las mismas cesiones
que los otros mortales del ingenio pero de manera reservada en su domicilio
donde se apersonaban Blanca y Tomasito, los días que ellos indicaban, cuando ella lo decidía para prestar sus
servicios, dejando por el momento sus ocupaciones cualesquiera fueran en
cualquier momento después del cual retornaban a sus tareas, todos los sábados y
las vísperas de las fiestas más importantes no solamente las que marcaba el
calendario sino también las del pueblo, una maratón de emperifolladas eso
parecía, aunque ellos la juntaban con pala.

No comments:
Post a Comment