A él le llegaban las historias
del otro, álgidas maravillosas maravillas de éxitos sin fracasos de andar sin
palos en la rueda de malignos de insidiosos de iracundos que andaban pendientes
de los daños que pudieran hacer, si el hospital eran un nido de ratas y de
chupamedias y de chismosos que lo único que sabían hacer cuando terminaban los
diagnósticos, las operaciones, era ocuparse de la vida de los demás y las
historias del otro en esto ocupaban un lugar central, porque era como el dueño
del pueblo, con la bendición del famoso ingeniero que nadie conocía y todos
temían porque era el patrón mayor claro que instalado en la capital, a él le
llegaban los detalles más espeluznantes del gringo que entonces era el jefe de
personal de la empresa que sería igual que el hospital un nido de serpientes
como las chismosas de la avenida libertad, que con todo el tiempo que tenía
llevaban un inventarios de las cosas que él se compraba y como se imaginaba de
todos los vecinos que se compraban un auto o un televisor porque eran contados
con los dedos de la mano los que tenían alguna de estas dos cosas y menos las
dos cosas juntas, a él le llegaba que el otro se aprovechaba de los que era
para tirarse a las mujeres de obreros y empleados que estuvieran bien según
cómo las medía que por los que contaban era por sus fuertes caderas y un buen
par de tetas, contaban que todas sin excepciones pasaban por sus manos en su
oficina, que estaba en el pasillo de la administración fuera del alcance de los
que andaban detrás de los puteríos, a él le llegaban las historias y se reía
porque estaba seguro que además de lo que fuera le aumentaban los que las
contaban que no eran seguro los cornudos, esos andarían llorando por ahí como
buenos guampudos, a él le llegaban las historias y comentaba que le hubiera
gustado tener la vida del otro.
A él le llegaban los chismes
fresquitos porque pagaba con plata de la empresa los espías que ponía en todos
lados para fichar a los traicioneros y a los que ponían en riesgo los intereses
supremos de la empresa, a él le llegaban los chismes fresquitos del hospital
que era una bomba de tiempo con esos residentes que venían del cemic, imberbes
idiotas que no cuidaban sus trabajos creyendo que defendiendo a los matacos
para que les llegaran los remedios se estarían reivindicando con dios o con
vaya a saber con quién, sin pensar que quien pone la plata es la empresa y a
veces por gastos hospitalarios que son mayores a los gastos para algunas de las
reparaciones en la fábrica, que no piensan que los remedios salvarán a unos
cuantos pero los repuestos para los trapiches y las calderas son importantes
para muchos en el pueblo, a él le llegaban fresquitos los cuentos del otro que decían
que admiraba al presidente que apodaban tortuga y que había promovido una ley
para hacer llegar los remedios a más ciudadanos a los que lo necesitaban, que
era peleador y también independiente que aunque se cagara de hambre no se
vendía como los chismosos que llevaban y traían como leyendas los detalles de
la vida de todos los que pudieran vender por unos mango que salían de la caja
chica que el ingeniero le autorizaba porque los había convencido que era mejor
prevenir que curar y que se acordara de la huelga del cincuenta y ocho, a él le
llegaban esas historias y a veces se ponía a pensar en su oficina las patas
arriba de su escritorio, que al final el otro eran un espejo de lo que a él le
hubiera gustado ser si no necesitaba trabajar desde muy chico y mantener a la
parva de hermanos que el viejo y la vieja le dejaron de regalo cuando murieron,
y se reía porque tampoco le desagradaba ser como era tener la vida de los demás
como la de ese mediquito de porquería que hacía listas interminables de
remedios para que los comprara la empresa y no entendía que tenía que la única
manera de caerle bien a los patrones era ahorrarles unos mangos de las fortunas
que llevaban en sus bolsillos, que después él como otros le iban a llorar la
carta cuando se quedaban sin sus trabajos.

No comments:
Post a Comment