A unos meses del golpe la única
palabra que el cura tenía y que utilizaba como una muletilla cuando le caían
parientes y amigos a preguntar sobre los que los milicos se iban llevando, era
resignación, la misma resignación que pedía en los velorios a los deudos la
paciencia de la que hablaba los domingos en las misas diciendo que no hay mal
que dure cien años, esa palabra repetía, que acompañaba con bendiciones y
sugerencias de redoblar las cantidades de oraciones de padrenuestros en las
madrugadas y de ave maría en los ocasos y a la hora que fuera, y los otros le
respondían que no entendían lo de las redadas de esos angurrientos de los
militares que cargaban en los camiones de la empresa en medio de las oscuridades
casi dos personas por casa por averiguación de antecedentes si con el documento
nacional de identidad alcanzaba y era un pueblo chico donde todos se conocían, de
qué antecedentes se trataba insistían después de pasar por comisarías y
galpones en donde los amontonaban hasta que los llevaban a los juzgados,
resignación les decía el cura a los otros desesperados porque no creían ni
siquiera cuando esos iracundos decían que estaban demorados, demorados las
pelotas se les escapaban las maldiciones hasta en la sacristía donde ellos se apiñaban,
el curita no tenía descanso con las fiestas patronales y todo este marasmos que
apareció de golpe, y el barullo ese donde tenía que dar explicaciones de cosas
que no las tenían aunque había elevado informe al obispo respectivo, fortaleza les
decía después de la señal de la cruz sobre sus cabezas y de todas las veces que
les tomaba confesiones de historias inconfesables como si la entereza se
inventara y se sacara de las galeras que los otros no tenían para llevar el
madero de hijos padres hermanos cuñados que los otros se llevaban sin dar explicaciones
de hijos padres hermanos cuñados que no volvían a los que no se podía dar ni una
sepultura digna si por ahí se morían esos que se llevaban y no volvían como si
de la noche a la mañana desparecieran como si se los hubiera tragado la tierra, resignación les pedía a los otros que andaban con sus marañas de confusiones.

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