Se sentaba y se paraba una y otra
vez tomaba o dejaba la mecedora que era parte del paisaje de su casa y
alrededores ahí en vaivén moviéndose todo el tiempo sobre el piso de ladrillos
rojizos y gastados, como él que también formaba parte de ese horizonte repetido
como las dos farolas de la cuadra las ventanas angostas y altas con tela
mosquera pintadas de verde como la puerta que eran la fachada de su universo
que terminaba en la pared del frente larga y blanca como la cal que salpicaban
los de la antipalúdica dos veces por año para eliminar los mosquitos que llevan
y traen los parásitos, una bola de nervios era Gume cuando algo lo sacaba de quicio
cuando algo lo sacaba de su eje en los atardeceres apacibles de los veranos
cuando sus familiares disponían que podía entretenerse tomando aire alejado del tufo del encierro, y las corridas
de esa noche de los accidentes en el trapiche y las lloronas que pasaban de su
fingida aflicción a inventar que todo era cosa del familiar, era uno de esos
palabreríos que lo turbaban que lo torturaban y se armaban de golpe, además de
los ruidos en la calle de los que pasaban entrando y saliendo como en manadas de
los turnos en la zafra muchedumbres de obreros caminando o en bicicletas en
todas las direcciones que silbaban a las mujeres que caminaban solas y se
maldecían o bendecían entre ellos, la ambulancia que iba y venía con una sirena
que casi ni sonaba y porque su madre y hermanas eran del grupo de comadronas y
todo eso esa caterva de gente lo irritaba y entonces, el sarpullido le brotaba
por todo el cuerpo y la única manera que tenía para bajar la ansiedad y la desesperación
que le entraba porque no llegaba con sus manos torpes y atrofiadas para
rascarse era esa, pararse y levantarse caminar unos metros todo lo que dieran
aguantando sus piernas hinchadas marcadas por granos y várices, las picazones y
los escozores que le venían con una de esas convulsiones que aparecían cuando
se le acaba la paciencia con gemidos de perro que le salían desde el fondo de
su garganta ahí se quedaba agarrado al poste que estuviera cerca, eso era lo
que asustaba a los niños que cerca jugaban sus rayuelas y cuando acusaban espantados
de la pavura corrían como si se tratara de un monstruo cuando sólo era un
jorobado.

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