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Sunday, July 03, 2016

Empeños y pánicos.


Se sentaba y se paraba una y otra vez tomaba o dejaba la mecedora que era parte del paisaje de su casa y alrededores ahí en vaivén moviéndose todo el tiempo sobre el piso de ladrillos rojizos y gastados, como él que también formaba parte de ese horizonte repetido como las dos farolas de la cuadra las ventanas angostas y altas con tela mosquera pintadas de verde como la puerta que eran la fachada de su universo que terminaba en la pared del frente larga y blanca como la cal que salpicaban los de la antipalúdica dos veces por año para eliminar los mosquitos que llevan y traen los parásitos, una bola de nervios era Gume cuando algo lo sacaba de quicio cuando algo lo sacaba de su eje en los atardeceres apacibles de los veranos cuando sus familiares disponían que podía entretenerse tomando aire  alejado del tufo del encierro, y las corridas de esa noche de los accidentes en el trapiche y las lloronas que pasaban de su fingida aflicción a inventar que todo era cosa del familiar, era uno de esos palabreríos que lo turbaban que lo torturaban y se armaban de golpe, además de los ruidos en la calle de los que pasaban entrando y saliendo como en manadas de los turnos en la zafra muchedumbres de obreros caminando o en bicicletas en todas las direcciones que silbaban a las mujeres que caminaban solas y se maldecían o bendecían entre ellos, la ambulancia que iba y venía con una sirena que casi ni sonaba y porque su madre y hermanas eran del grupo de comadronas y todo eso esa caterva de gente lo irritaba y entonces, el sarpullido le brotaba por todo el cuerpo y la única manera que tenía para bajar la ansiedad y la desesperación que le entraba porque no llegaba con sus manos torpes y atrofiadas para rascarse era esa, pararse y levantarse caminar unos metros todo lo que dieran aguantando sus piernas hinchadas marcadas por granos y várices, las picazones y los escozores que le venían con una de esas convulsiones que aparecían cuando se le acaba la paciencia con gemidos de perro que le salían desde el fondo de su garganta ahí se quedaba agarrado al poste que estuviera cerca, eso era lo que asustaba a los niños que cerca jugaban sus rayuelas y cuando acusaban espantados de la pavura corrían como si se tratara de un monstruo cuando sólo era un jorobado.

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