De a poco los coyas que antes
iban y venían hacinados en los vagones de los ferrocarriles de la nación y
llegaban al ingenio para las cosechas de la caña de azúcar por obra y arte de
las órdenes del ingeniero, se convertían en comerciantes que les hacían de
intermediarios a los turcos y a los hindúes que los contrataban para llevar la
mercadería hasta los lotes ellos entraban más fácil en la gente y más fácil los
convencían que les estamparan las firmas en los papeles para informar los
descuentos por planilla, de a poco y de pronto los que antes hacían de clientes
iban siendo intermediarios pero la mayoría se quedaba en el centro en el
mercado montado frente a la terminal de colectivos por donde circulaba mucha
gente, donde los olores de las frituras con grasa de vaca de donde se sacaban
las empanadas que se vendían como pan caliente a la gente que hacía los paseos
de compras, se mezclaban con los olores de los orines que con tanta gente dando
vueltas quedaban mezcladas con las grasas en las aguas estancadas del canal que
bordeaba la feria canaleta que no lograba drenar las aguas servidas en tiempo y
en forma para evitar los sofocones y los calores sofocantes que caían sobre los
predios arrendados por el ingenios a los coyas que ya no estaban más en los
surcos, de a poco y de pronto de comprar se volvían vendedores abigarrados en
ese predio donde esos mismos olores se mezclaban con el olor fuerte de las
especies del azafrán del picante de pollo que fermentaba debajo de las carpas
de lona donde cientos de miles de compradores pasaban por día buscando las
ofertas por precios que eran la mitad o el tercio de los precios les ponían a su mercadería los turcos de la
sirio libanesa que se aprovechan.

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