Los banderines cruzados en las alturas
y calles como su fueran un cielo propio las serpentinas que el intendente daba
la orden de colgar en cualquier lado en los postes de luz en las barandillas de
las entradas de los edificios públicos en las balaustradas da las casas bajas
cuando el ingenio era todavía un caserío bajo, en todos lados lado les daban
los escenarios donde ellos se sentían como patos en el agua los anunciadores
con sus voces amplificadas por parlantes ordinarios que a veces chirriaban y
molestaban las audiciones les daban los escenarios esos escenarios que buscaban
cada año después del desentierro con la pachamama a favor aunque los truenos y
las lluvias llegaran unos meses más adelante para llevarles todo lo que tenían
como si fuera el diablo, eran sus territorios donde ellos con sus disfraces de
colores chillones ni pedacitos de blanco de fosforescentes colores que
combinaban porque no combinaban las camisas de los compadres llenas de flecos y
de espejitos redondos en los carnavales pegaban con pantalones del mismo estilo
y unas botas con chirimbolos parecidos que se movían al ritmo que se movían
ellos que a la vez se movían al ritmo de las chinitas de polleras cortitas,
locos se volvían los compadres por agarrar alguna de las que andaban en celo en
medio de los jolgorios zarandeando virginidades que ellos interrumpían porque
las otras se lo pedían, de tirárselas en los rincones para tocarlas nomás en la
entradas y pedir permiso de a poquito de los permisos que ellas les daban y
dejarlas que tocaran lo que ellas también quisieran en las celebraciones con
los curas en contra diciendo que eran los miércoles de cenizas y eran ellos unos
majaderos y unos paganos, mientras los coyas se desparramaban con sus
voluptuosidades y disfraces en los corsos, hasta que no daban más y las dejaban
gruesas a las chinitas, en esas sí los compadres en unos meses se las veían
negro asegurando que esos vástagos no eran suyos sino hijos del diablo de
carnaval pasado.

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