Parecíamos de adorno esas tardes
en el tajamar cuando los otros esos muchachos y esas chicas que parecían amigos
nuestros, pero seguramente no lo eran, se divertían en el remanso cerca de las
compuertas que drenaban los camalotes de calas que estaban ahí nomás donde los
sapos y las iguanas pequeñas chapoteaban como ellos invisibles al barullo y al
grupo en día de campo con las canciones de Palito y Leo Dan de fondo en discos
que daban vueltas en un winco que funcionaba gracias a la batería del vehículo,
con nosotros al margen que pasando andábamos como otarios mirando solo de
testigos de sus diversiones, caminando por ahí entre docenas de eucaliptos y
pinos sobrevolados por loros ruidosos, recogiendo palitos secos para prender la
fogata que los más grandes hacían en rondas de guitarreadas con las chicas que
se derretían susurrando por ellos y se ruborizaban chusmeando sobre cuáles eran
sus preferidos, parecíamos pintados a la hora de armar las excursiones al monte
cercano o a la entrada de ese monte conocido que servía también en las
caminatas para que las chicas se aturdieran más con ellos y ni se fijaran en
nosotros, que maldecíamos solo mirándonos, esas ocasiones que perdíamos
solamente por dos o tres años que nos faltaban para usar los pantalones largos que
quisiéramos y las chombas que se nos dieran las ganas no las que nos daban
nuestra viejas que siempre eran ridículas y holgadas, y nos sentíamos todavía
peor en esas tardes en el tajamar en el camino de la isla donde fuimos una y
otra vez en camionetas del ingenio porque la gorda la mujer del jefe de
personal quería engancharla a su hija con algunos de los pretendientes que no
eran pretendientes sino unos vivos de esos porque la gorda chica se dejaba
manosear como a los otros se les ocurría y le encantaba la franela con
cualquiera menos con nosotros que estábamos para mirar, maldiciendo que éramos
chicos todavía para andar husmeando en cosas de grandes y menos meternos, de
esos que parecían nuestros amigos cuando había que hacer los trabajos que ellos
no hacían y que no lo eran cuando llegaba la joda.

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