En media docena de pasamanos
media docena de versiones de esculturas del niño y la virgencita trabajadas en
madera y en barro por artesanos invisibles, pero más que diestros, se menaban
al mismo ritmo que se menaban los hombros de los hombres más fuertes pintados
con pintura al aceite más que las imágenes que cargaban, de los chaguancos y
los coyas que protestaban cuando les tocaba levantar esos altares improvisados
para andar por las calles en procesiones, porque no tenían relevos y todos se
hacían los pelotudos para poner el cuerpo empezando por el curita que no podía
darles una mano porque ya tenía la suya de andar repartiendo sacramentos a
diestra y siniestra impecable con sus atributos se enjuagaba las manos en un
fuentón de plástico que llevaba un sacristán que caminaba al lado, después
levantaba sus manos salpicando chorros de agua de bendita a los promesantes eso
era todo lo que hacía mientras los otros pobres cargaban con el niño y la
virgencita o con su media docena de versiones, en media docena de pasamanos
media docena de versiones diferentes del niño y la virgencita rodeados de
gladiolos cosechados en el día de la fecha y de docenas de rosarios que le iban
poniendo las lloronas y quejumbrosas que no faltaban ni siquiera a los velorios
donde lloraban sin parar como en las
procesiones, lo otros yugueaban, ante esas versiones del niño y la virgencita
que confundía a los niños que hacían catecismo preguntando porqué tantos niños adorados
y porqué tantas virgencitas si lo que después contaban era que en belén apenas
alcanzaban a dos con José que los cuidaba, las versiones de los niños y las
virgencitas montadas sobre los pasamanos pesaban entonces a los voluntarios,
todos chaguancos de los bravos que para entonces se calmaban, más los coyas
mutulitos que protestaban murmurando, entre ellos a sus suerte las jugaban a
caras y a cecas, entre los que podían levantar esos altares cuando iban y
volvían de la iglesia en las fiestas de guardar.

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