Iba y venía, fui y vine, tal vez sigo yendo y viniendo, harto de ser el
gordito dueño de la pelota que jugaba de arquero como suplente que en el primer
error cometido era expulsado de la cancha improvisada por el amigo organizador
de la picada en la cortada de la parroquia del ingenio, no es que me daba asco
creo que no podría haberlo tenido a la edad que tenía pero sí lo que me acuerdo
es de las palpitaciones que me venían cuando mi padre o la tía generosa y rica caían
con un regalo nuevo, como fue la pelota del cinco en su momento, de las
palpitaciones en mi corazón que me llevaban en segundos del entusiasmo a la
abulia de la excitación a la calma de la procesión que iba por dentro que era
cuando había que callarse, guardar chitón en boca porque alguno de ellos se
enojaba faltaba más enojarse por un regalo cuando a caballo regalado no se le
miran los dientes, es que aunque me gustaba que me lo trajeran, la camiseta los
sacachispas las medias de futbol los pantalones, y como otros los fuera amontonando en mi
cuarto, ahí quedaban con otros presentes uno tras otros quedaban algunos hasta
con el papel celofán por el tiempo que pasaba hasta que me venían las ganas de
abrirlos, entre que los recibía y me fijaba lo que había si se veía de afuera
de esas envolturas sofisticadas y rebuscadas envoltorios de morondanga que
Martínez, el de la perfumería que también traía artículos de librería y
juguetería les hacía como un extra esperando la propina que le dejaban, me
martirizaba en las esperas o directamente desarmaba los envoltorios para por
fin meter de lo que fuera en la parafernalia del grupo de niños que éramos,
allá iba con la pelota de cuero cosido, no es que me molestaba pero es que
aunque no pudiera explicarlo con palabras entonces tal vez como entonces peor
que ahora que al menos puedo escribirlo, que las palpitaciones venían porque era
el más feliz en un grupo de infelices que eran mis amigos de la cuadra ligando
menos regalos aunque cuando comenzábamos los juegos con esa pelota o el equipo
que me calzaba, ellos jugaban sin darme bola, que las palpitaciones iban porque
me ponía caprichoso y me volvía con el balón a mi casa en cualquier momento de
los partidos, como un infeliz que se muerde con la felicidad de sus amigos,
aunque fueran felicidades cortas eran felices en sus deslices.

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