A la sumisa mujer del chacarero le venía bien cuando el volvía de los
surcos después de andar doce horas pelándose el culo encima del caballo bajo
los rallos del sol, que las cuñas de los chaguancos esas hembras de tetas
inmensas y caderas armoniosas comenzaran a pasar por la puerta de la casa que
era la casa más importante del lote de la reducción, que ellas pasaran
contorneándose porque después de todo su marido era el jefe de todos porque
además de cuidar los cañaverales llevaba las planillas las quincenas para pagar
los jornales y volvía del pueblo con alimentos que repartía por vales de la empresa a la gente, a ella le gustaba verlas como si de pronto las
otras se acordaran de sus obligaciones de mujeres de tenerles la olla llena a
los otros cuando volvieran de la cosecha, a la cornuda y callada mujer del
chacarero le venía bien que esas hembras voluptuosas enfundadas en esas túnicas
que usaban de hilo livianos que a trasluz dejaban imaginar los calzones y otras
cosas por debajo de los lienzos, fueran y vinieran del almacén grande de la
verdulería que estaban al lado de la casa, le venía bien cundo él volvía y se
quedaba soplando del cansancio en las balaustradas de la galería de adelante
sino se la agarraba con ella y se la quería poner en cualquier rincón donde la
agarraba y no era que a ella no le gustaba sino que la estaba llenando de hijos
y ella no tenía respiros, le venía bien porque ella sabía que los cruces de la
miradas los saludos los comentarios casuales con esas hembras terminaban en el
rancho de ellas con él haciéndoles a las apuradas vaya a saber qué porquerías hasta
tanto los matacos volvían, aunque ellos se daban cuenta que su hembras estaban
más que atendidas por el encargado del lote porque de noche no les permitían ni
que metieran sus manos donde a ellos les gustaba meterlas, como la mujer
obediente ellos también callaban, y otorgaban, el otro era el jefe y era bien
malo con el rebenque en la mano.

No comments:
Post a Comment