En las noches caldeadas de esos
veranos intensos que se desparramaban en las sombras de las calles más o menos
desiertas porque a las salidas y entradas de los turnos tropas de obreros iban
y venían, los coyuyos y los cascarudos se peleaban por sobrevolar a duras penas
alrededor de los faroles de la calle con luces mortecinas que dejaban que los
amantes se manosearan cerca de las miradas indiscretas de la indiscretas viejas
que andaban por detrás de sus calentonas hijas para que ninguno de los
noviecitos extraños las engrosaran, daban vueltas los cascarudos y los coyuyos
insistiendo por sobrevolar esa linternas que agregaban el dobles de los grados
de calor que hacían en las noches igual que en la mañanas, se chocaban y caían
cerca de donde jugaban los niños con sus rayuelas con su manchas juegos de
niños inventando jueguitos con poco dinero, los coyuyos y los cascarudos
rebotaban en seco en los pisos de las galerías de las casas cerca de la
parroquia agobiados igual que la gente que resoplaba, en las noches encendidas
de esos veranos intensos que alfombraban los infiernos en las calles con formas
de cielos o en los zaguanes o jardines con las formas de purgatorios de los
vecinos que se sacaban el cuero aunque después rezaran juntos la novena, esos
bichitos de dios después de esos sobrevuelos quedaban fritos y fríos en las
baldosas frías.

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