A falta de hijos propios el señor
al señor cura de la parroquia del sagrado corazón de Jesús, le regaló una tropa
una prole de seis sobrinitos rubios y seguidos en sus edades como si fueran una
escalera las teclas de un piano una casta de niños blancos y bien alimentados
que descargaban energía todo el día todos los días, que le hacían unas bullas
bárbaras no solamente en distintas horas del día un barullo que no soportaba,
sino especialmente, durante las horas de las misas de los sábados a las siete y
media y de la de los domingos de las diez de la mañana, el bullicio de los
niños jugando mientras se hacían mayores en el patio contiguo se filtraba por
las galería y los pasillos que comunicaban la casa con la iglesia y lo desconcentraban
porque también los escuchaba donde anduviera, cuando escuchaba las confesiones
inconfesables de los peregrinos cochinos del pueblo enredados en sus guampeadas
repetidas que no curaban unas seguidillas de padre nuestros y ave maría, ruidos
y quilombos que le llegaban cerca del altar y no podía concentrarse en las
partes donde tenía que hacer sus oraciones en ese latín que le costaba desde
los días de su juventud cuando abandonó su vida licenciosa para servir en la
guerra en las épocas de los guetos llevando resignaciones adonde las
necesitaran que eran a muchos lugares, mucha algarabía a falta de hijos propios
los ruidos de esa caterva de niños le llegaban hasta el altar aunque los
feligreses no los escuchara porque entre el altar y donde estaba la primera
fila de reclinatorios había unos cuantos metros, los otros no los escuchaban
pero el escuchaba el repiqueteo mientras los demás hacían sus oraciones y
cantaban sus salmos pensando que con eso, con ese poco purgaban sus pecados.

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