Las ruedas chirriaban de diferentes maneras más o menos fuerte o despacio, pero los ruidos lo mismo se
escuchaban en varias cuadras a la redonda más agudos o más sosos los chirridos
atravesaban las calles como si fueran los anuncios que todo funcionaba,
parecían quejidos lamentos suspiros de lloronas en funerales inesperados en
velatorios de sopetones donde importaba
que las vieran, los ruidos que salían de las ruedas de las chorbas presionando
sobre las vías viejas y destartaladas del Decoville que empezaba en alguno de
los lotes y terminaba al costado de un trapiche en el canchón del ingenio uno
de los que había y donde los obreros se amontonaban para acomodar con tridente
los fajos que entraban, crujidos de esas chorbas cuando llegaban al ingenio
cargadas de caña en los surcos, los ruidos parecían de viejas malditas
quejándose en esas rondas de amargadas en pantuflas criticando a todo el
pueblo, igual que los ruidos de los hidráulicos que soplaban los frenos y las
marchas de los camiones que tiraban las jaulas de las java que también poblaban
el mismo canchón del ingenio que durante la zafra se encontraba abarrotado de
todos los tráficos de los vehículos que llegaban con la materia prima que
trituraban los trapiches mientras duraba la zafra, igual que los ruidos de las
sirenas que por medio del vapor se accionaban en las dos chimeneas que en el
ingenio se utilizaban para tirar la porquería al aire, pero eran ruidos que los
del pueblo toleraban como sarna que con gusto no pica, porque mientras los
ruidos estaban significaba que estaban en fechas de abundancia de trabajo para
todos de bienestar para los obreros y empleados que trabajaban en el ingenio,
las ausencias de esos ruidos anunciaban la época de las vacas flacas de los
tiempos de sembradío donde en el pueblo no pasaba nada.

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