Los buenos modales las buenas costumbres que eran la demostración de la
educación que se tenía tenían que prevalecer en casa por encima de los
accidentes cotidianos cualquiera fuera la envergadura que estos tuvieran, todo tenía
que estar bien en el momento del día que se dieran las visitas de los que
fueran en los momentos que fueran sin excepciones sin las excepciones de los
repartidores de la soda y la leche que pasaban en las primeras horas de las
mañana, aunque el viejo se pasaba maldiciendo a su mujer y al par de muchachas
contratadas para que se ocuparan de todo lo que no se ocupaba la señora que por
eso siempre tenía que estar a tiro de las ganas del viejo cuando este la
correteaba y la tironeaba para llevársela a la cama cuando las calenturas les
disminuían la neurastenia de andar todo el día con las mismas puteadas,
mientras ellas aliadas en silencio se paseaban y se pasaban murmurando en todos
los rincones donde se sentían seguras de las debilidades del viejo y de cómo
por chinchudo tenía que pagar los platos rotos apenas se pudiera meterle una
zancadilla, todo tenía que estar bien aunque todo estuviera para el orto.

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