Decir que fueran malos era una exageración como decir que eran buenos
del todo también porque todas las veces había cuestiones reprochables y
situaciones tensas o tenues según fueran las formas que salían de sus propias
tramoyas, era una exageración darles las tallas de maldades a las trampas que
hacían con los manuales del Leru con lo que resumían de sus resúmenes en unos
cuantos renglones lo que los maestros pretendían que se pusieran horas de
estudios leyendo los largos textos que también se escribían en las palmas de
las manos o en los bordes de los guardapolvos blancos, cruzados los brazos o
las piernas de definiciones de lenguaje o de las reglas de las sumas internas
de los ángulos internos de un triángulo, como era una exageración alegar
inocencias en los líos que les armaban a las maestras de trabajos prácticos y a
las de dibujo en sus horas que tendrían que haber sentido como entretenidas
justo en esas horas donde podían haber pasado en comuniones con las maestras, no
era ni lo uno ni lo otro porque los niños llegaban intactos hasta tercero o
cuarto grado ensimismados en sus mundos pequeñitos de triquiñuelas travesuras
varias y promesas de portarse como correspondía en las clases normales y en las
clases de catecismos de la parroquia del pueblo que se coordinaban con los
currículos de la escuela, pero eran por eso intervalos entre el tercero y
cuarto grado de queriendo o no los niños percibían los sentían a flor de piel
sin poder explicarlo los enconos mayores que no venían solamente de sus
compañeritos mayores sino de las propias maestras y las directoras, todo lo que
enseñaban se desmoronaba en los años siguientes de cuarto a sexto grado con los
odios de adentro y de afuera.

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