El gesto de cortesía de Oteguita cuando lograba que los jefes fueran a
las reuniones que cada quincena se hacía en su casa para comerse una cabeza
guateada, era ofrecerles a sus superiores la oportunidad de comenzar con los
pinchazos por donde quisieran hincar el tenedor sobre esa extremidad envuelta
en arpillera mojada tan particular adobada y cocinada por horas en un agujero
abierto a ese propósito en el patio de la casa rellenado y alimentado con
brasas, mientras les explicaba con aires de entendido que los manjares estaban en
los ojos en la lengua fileteada en los carrillos de ese manjar que alcanzaba
para unos veinte comensales que completaban además de él u sus tres superiores,
unos cuantos de sus compañeros y los miembros de sus familia, el gesto de
cortesía de él acentuando y exagerando los don era ofrecerles una y otra vez la
posibilidad que ellos se sirvieran para que después los demás pudieran seguir
el mismo derrotero, era ofrecerles las exquisiteces más exóticas de ese plato
exótico, que aparecía después de las picada con salame picado grueso gruyere y
pan francés que aunque era lo más barato era la cobertura que Orteguita y sus
patrones y sus invitados necesitaban sí o sí para aguantar las horas que se
pasaban de libaciones de vinos comunes y gaseosas que se compraban a último
momento porque los fondos salían de vaquitas que se hacán más que nada entre
los que venían de garrón, el gesto de cortesía era ese porque todos los cierres
de las quincenas cuando todos en el ingenio andaban con los bolsillos llenos
como Orteguita, él soñaba que a la larga era un gesto que sus jefes devolverían
en algún momento dándole un ascenso, de barredor en los galpones de estiba a
encargado de la cuadrilla.

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