Qué hacía el tío Franklin mientras nosotros no distraíamos
adivinando en tinieblas los contornos de las chicas, las tetas grandes y
hermosas los culos sublimes brotando de bombachas con encajes que rozábamos
haciéndonos los distraídos, qué hacía él mientras nosotros mirábamos para sus
lados para los lados de las mesas donde estaban ellas con sus vasitos de tragos
largos haciéndonos ojitos insinuándose, las piernas esculturales disimuladas
por la luz verde de esas mujeres generosas y buenas, esos metros cuadrados de
morondanga que la luz roja tenía en la pista central del quilombo mientras
nosotros nos distraíamos con una orquesta de mala muerte de dos guitarristas y
uno con el bajo, orquesta que ensayaba mambos y pasodobles que los bailanteros
somnolientos seguían más agarrados entre ellos que siguiendo los pasos según
los temas que les tocaban, no lo sabíamos muy bien solo las escuchábamos a
veces que el tío Franklin se apoltronaba en la pieza más grande del quilombo
con su atado de derby y el vaso de wiski y que le gustaba que las chicas
desfilaran una tras otras y qué cochinadas les habrá pedido a ellas que encima lo
querían, nunca supimos qué hacía, hasta el día que lo agarró un catarro con
fiebre alta que le provocaba delirios, ese día supimos que más que a buscar a
los servicios cálidos de las chicas iba a buscar un poco de cariño, a dormir en
el quilombo de bueno nomás que era que hasta se aguantaba las compresas que las
chicas le consiguieron para que se sanara lo antes posible.

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