Se brotaba de sarpullido se brotaba los párpados se le enrojecían se les inflaban se le inflamaban los cachetes, las chicas de la luz roja vivían
encantadas con el tío Franklin que cada noche se gastaba miles de australes
pagando tragos para todas mientras conversaba con la madama en la pieza
principal del quilombo equipada con cama redonda espejo en el techo y baño completo
y ducha con agua caliente para reconfortarse tipo sauna, por ahí desfilaban
temprano o tarde en las jornadas que iban de las doce de la noche hasta las
cinco de la mañana cachondas y comedidas esperando por los rollitos de billetes
que el tío sacaba de sus bolsillos y como quien las tocaba les acomodaba de a
cientos en los pliegues de sus calzones o sus corpiños, porque eso empezaba era
el inicio de una larga cadena de un tome y daca que se ponía en movimiento con
su llegada y por la que todos empezando por ellas y siguiendo por los
engominados de las orquestas terminaban pagando sus cuentas en todos los
cuchitriles, él daba lugar a un círculo virtuoso de buenas intenciones donde
los deudores pagaban y los acreedores recibían las devoluciones de sus
capitales más los respectivos intereses, vivían esperando que llegara a
festejar las firmas de los contratos de los seguros que vendía con la venia de
la empresa a las personas y en los comercios del pueblo, ellas se regocijaban
con su presencia y adornaban el burdel con docenas de bártulos y otros
adminículos como serpentinas y banderines impresos con figuras exóticas que
copiaba del Kama Sutra para dar las ideas de sensualidades, cuando todo
marchaba sobre rieles era apacible ahora cuando algo le fallaba le entraba la
melancolía y se ponía como loco y a ellas se les pasaba el encanto.

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