Escolares, guaguas por donde se nos mirara burros marcados o mates
cocidos lo que fuera que éramos, alguien tiene que haber sembrado en nosotros
una semillita parecida a la semillita de poroto que sembrábamos en un frasco de
mermelada lavado con detergente y preparado con papel secante y algodón que
germinaba con otras semillitas en gajos largos y verdes que mostraban que todo
estaba muy bien con la fotosíntesis en docenas de frascos parecidos en
estanterías del quinto grado, alguien alguna maestra el más malo de todos
nosotros a alguien se le tiene que haber escapado un comentario un gesto una
palabra para que nosotros sin darnos cuenta siquiera actuáramos como actuamos
entonces con ellas, alguien nos tiene que haber dicho porque entonces no éramos
malos a lo sumo éramos caprichosos más que malvados malignos que decían la
verdad igual que los borrachos decían las maestras, esa verdad que como otras
verdades lastimaba justo a los que no tenían que lastimar que eran las maestras
especiales, es sentir ese sentimiento de malos germinaba de un momento a otro
en nosotros la semillita de la maldad para confirmar que todo venía mal con
nuestra fotosíntesis, con las señoritas de música con la chicata de trabajos
prácticos con la gorda de dibujo, de todas nos burlábamos y hacíamos todo para
mortificarlas en los cuarenta cinco minutos que duraban las horas si no tocaba
doble, estoicas profesoras que toleraban los desplantes los comentarios a
espaldas de ellas como si fueran puñaladas que de malos clavábamos en sus
espaldas sin que los supieran además, para que esos chismes le llegaran a la
directora que las amonestaba o directamente las dejaba sin empleo porque no
lograban mantener la disciplina en el grado.

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