Esas hostilidades eran igual de viejas que la historia del hombre puras
riñas viniendo de riñas sin soluciones, venían del fondo de la palangana de la
historia allá donde quedan las pizcas de orinas y escupitajos de resacas
iguales, por esos días se armaron con eso unos escándalos de órdago adonde
anduvieron mezclados todos en el pueblo empezando por las autoridades
terminando con las minas que ganaron su juego gracias al cura Martínez que las
fue entendiendo en lo que le fueron diciendo que de dónde sacarían para dar de
comer a sus familias, que si esas mujeres esas otras que se quejaban les daban
otros trabajos y no las limosnas que les llevaban cada muerte de obispo en los
días de fiesta o de aniversarios de algo, ellas no andarían acostándose con
cualquiera que la miseria empuja por todos lados así fueran los lados de abajo,
que aunque cuando se lo dijeron por primera vez el cura se puso amarillo y las
quiso asustar conque ellas andaban en los infiernos a lo que ellas le
contestaron que si no quería que ellas anduvieran rodeadas del pecado que les
dijera cómo hacían para ganarse la vida dignamente como él les decía, le
inflaron las pelotas al administrador del ingenio claro que el cristiano no les
podía decir eso a las pesadas de las damas de rosa donde además su mujer
oficiaba de presidenta, le inflaron mucho las pelotas conque diera la orden
para cerrar la luz roja ese antro de perdición que después de las doce de la
noche de todas las noches menos los lunes como los peluqueros que no laburan,
no habría sus puertas si no se trataba de ocasiones especiales, se las inflaron
tanto y tanto le colmaron su paciencia que él que no tenía más que la autoridad
de los patrones le pidió al jefe de los gendarmes que se ocupara de poner la
cara para que hiciera entender a esa gente lo que nunca le entenderían, que
hiciera como que se estaba ocupando de cambiar para que nada cambiara toda una seña.

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