Y así de pronto un día el mancebo comenzó por atar cabos, que pasa el
tiempo y que entonces ese tiempo va cayendo sobre las vitalidades sobre las
ganas sobre los tiempos que se cargan y que entonces hay viejos y jóvenes y que ellos eran mayores, con sus dotes que eran
pocas que no eran ninguna herencia importante ningún legado ningún caudal
inagotable de riquezas aunque algo hubiera y ese algo lo llevara a bajar sus
contemplaciones sus paciencias sus consideraciones con ellos que estaban más
yéndose que quedándose, de esos que a decir verdad no tenían mucho que ver con
sus propias cuestiones porque al final lo habían rescatado de la maternidad en
la tacita de plata una tarde cualquiera cuando promediaría los nueve meses le
dijeron cuando le vino la conciencia esos dos viejos macanudos a los que
llamaba mis viejitos hasta el día que comenzó a maquinar con sus necesidades
los ingresos de la casa y la sobrevida de esos dos enfermeros que lo cuidaron
los últimos veinte años, y al final así de pronto sin avisos un día el orondo
caballero a pesar de los mimos se fue poniendo inquieto para contabilizar lo
que al final le quedaría de todo eso que los comedidos que lo adoptaron habían
logrado juntar a lo largo de sus vidas con mucho sacrificio ahorros que fueron
haciendo día tras día mientras cubrieron sus necesidades como ellos mismos
decían después de las postergaciones de sueños
que tuvieron siempre y que nunca pero nunca pudieron ver hechos realidades, en
esos sus desprendimientos que a él no le importaban.

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