Recién duchado con las uñas arregladas por la
manicura contratada por don Giovani que iba así modernizando la peluquería del
ingenio los oxford recién planchados y las camisas entalladas eran sus señas
cuando aparecía en sus nuevas versiones que iba descubriendo con los días pero
también con las noches donde se fue metiendo primero en los asaltos después en
los bailes del club recreativo después en la luz roja, un chico grande metido
entre los grandes que apenas había terminado el tercer grado cuando comenzó a
acompañar a su papá a las obras donde el otro oficiaba de pintor y a ganar
buena plata porque les daban la ganga de pintar las casas de los planes de
viviendas y el viejo facturaba de a miles aunque siempre le repetía que el
había puesto el lomo para que el tuviera mejor pasar que el que tuvo él, ahí se
fue curtiendo acarreando carretillas con arena cal y cemento que los otros
usaban cuando hormigoneaban pero con eso no le alcanzaba y se fue convenciendo
que había otra forma de hacer los negocios propios dejando que otros laburaran
y el administrando la plata, en sus nuevas versiones cuando llegaba al quilombo
el flaco Marcial tenía puestas unas curdas de varias horas que lo llevaban a
trastabillar caminando entre las sillas del salón y entre los pocos
instrumentos de la orquesta que empezaba a medianoche con el show que duraba
dos horas, hasta que se acomodaba en el rincón de siempre al que se cercaban
inmediatamente las dos mejores señoritas de la luz roja de las que era el
cafiolo, ahí se sentaba a arreglar las cuentas del día con la recaudación que
le servía para cuidarlas de vivos y enfermedades, ellas lo querían porque
aunque les sacaba unos mangos de las recaudaciones nunca las embromaba y además
les enseñaba qué era lo que tenían que hacer para ponerlos contentos a los
clientes y para eso se encamaba con ellas, pura parla nomás de puro ocioso.

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