El gordito de dedos de oro maquinaba sus maldades en la pantalla del cine mientras
nosotros los muchachos inocentes y buenos entonces transpirábamos la gota gorda también para sentarnos al lado de las pretendientes que nos tocaban o al lado de esas niñas que nos hacían creer a nosotros que ellas nos pretendían en un tufillo de pretenciones que no se aclaraba nunca, en las
interminables selectas que pasamos por aquellos tiempos en las mágicas matinés
que Molina digitaba desde arriba metido y seguramente abrasado del calor en ese
cuartucho que conocíamos desde las oscuridades de la sala reducido a ese
pequeño agujero en la parte más alta de la pared de atrás desde donde salía la
mira del proyector y el haz de luz que llegaba al telón del fondo,
transpirábamos como testigos falsos hasta que íbamos cayendo en las cuenta de
las travesuras de las chinitas coquetas que aunque no lo parecían estaban más
calientes que nosotros y cómplices se mandaban la parte entrando a carradas en
grupos de chicas compinches que hacían como que ni se enteraban de nosotros dejando
vacías las butacas de al lado para quién querían que se sienten a sus lados
para rozarlas tal vez nada más, mientras cero cero siete les desmontaba las
operaciones a los mafiosos que querían destruir a los buenos para quedarse con
todas la riquezas y entonces dejar que los malos que eran los que los buenos
decían que eran los malos y que nosotros ni enterados se quedaran con las
mejores partes de este mundo con lindas mujeres y mucha plata autos lujosos y
armas nucleares, mientras nosotros inocentes caíamos en las redes de esos
proyectos de mujeres que nos presumían.

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