Cuadrillas enteras de obreros mamados caían el dos de mayo después de
los tendales que dejaban los festejos pantagruélicos que pagaban los
contratistas que en esas oportunidades se encargaban bien de hacerles saber de
cuántas son las distancias entre jefes y subordinados, porque había que ser
jefes para conseguir gratarola cien o doscientos quilos de asado o las medias
reses de garrón como los vinos y las champañas para los brindis y los regalitos
que se sorteaban democráticamente, y había que ser subordinados para comer y
chupar de garrón sin poner un mango ni siquiera para la leña que se prendía
para mantener a tono las parrillas sin poner un centavo porque a esas fiestas
las pagaban los contratistas y los
dueños de las empresas de construcciones, legiones de curdas que marcaban sus
tarjetas en las lectoras electrónicas y se internaban por los proyectos de
calles apenas trazadas a los proyectos de manzanas del barrio que construían y
a los proyectos de paredes de casas y casas, para revocar para pintar hacer una
loza o techar los oficiales y los ayudantes quizcuditos electricistas plomeros
gasistas todos porque eran bolivianos con las excepciones de algunos
santiagueños y matacos que eran más blanquitos pero infinitamente más
indolentes que los otros, porque mientras los otros lomeaban de sol a sol
mamados como estaban destilando alcohol estos llevaban y traían cuentos y
chismes en entre mates y mates que se tomaban los obreros y los jefes y que
ellos cebaban evitando los picos o las palas, tambaleando y gracias a la vista
gorda que hacían los supervisores aleccionados directamente por los
contratistas que no tenían que ponerse meticulosos por órdenes superiores y
entonces perder no una sino dos jornadas de trabajo y con eso igual para
adelante que ya sabían que los negros trabajaban los mismo si entonados se
ponían más productivos, además de las nostalgias que les entraba diciendo que
los pobres no tenían derecho ni a divertirse.

No comments:
Post a Comment