Todo quedaba lejos para los niños de la Dorrego
adonde estaban en esas aulas grandes y frías con cartulinas mal pegadas en las
paredes con la pintura gastada, los baños que eran comunes para todas las aulas
los cursos que estaban como encadenados, sembrados a lo largo de las galerías
que serpenteaban los cuatro patios, el mástil donde flameaba una bandera
percudida pero limpia porque la jodida de la directora la hacía lavar todos los
viernes y colocar todos los lunes mientras se acordaba y se quejaba de los
inspectores que caían cada muerte de obispo preguntando si necesitaban algo y
ella religiosamente siempre les pedía una bandera nueva pregonando que nunca le
daban ni cinco esos baños que dos porteras con guardapolvos oscuros como para
marcar las diferencias y hacendosas, transpirando en invierno y en verano,
desinfectaban y limpiaban dos veces a las mañanas y dos veces a las tardes
quejándose que las niñas eran más sucias que los varones cuando tenía que ser
al revés, todo estaba lejos, para los niños más para los más pequeños porque
los más grandes, se les notaba, dimensionaban mejor sus alrededores y entonces
se les animaban a las maestras cuando empezaban con las sanciones, todo estaba
lejos, menos la dirección que estaba como en el centro de ese paralelogramo de
la escuela de los mate cocido, o de los burros marcados, para el caso era lo
mismo se agarraban a la salida los chicos gruñéndose y las niñas con sus
chismes y maldiciones, todo estaba lejos en esa escuela menos la dirección
adonde las maestras entraban y salían con sus chismes a cada rato, allí
descansaban de a presión de los niños.

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