De pronto las calles oscuras y grises del ingenio por la carbonilla del
bagazo que circulaba con las brisas debiluchas del verano abrasador y molesto,
se ponían en esos días de todos los colores vivos y encendidos en las fajas que
ajustaban los pantalones en los mismos tiradores y en las cintas de los coyas y
en las polleras yutas de sus coyitas que los acompañaban en sus saltitos con
los que adoraban al niño sobre la avenida libertad cerca del embudo, por ahí
nomás en las puertas de la iglesia del sagrado corazón donde el cura Kayner
renegaba con los laicos organizadores, para que le buscaran espacios para toda
la gente que se descolgaba de los lotes de Prediliana y Florencia de los lotes
de Paulina y la Reducción con los pocos chaguancos y santiagueños que quedaban,
caminando todas las horas que llevaban los caminos para llegar justo a tiempo a
la misa del gallo que el cura a desgano daba cada medianoche de nochebuena
porque estaba viejo ya y andaba somnoliento, de pronto las caras tristes de los
obreros silenciosos y mamados que cubrían los turnos durante todas las zafras
que por entonces terminaban, cambiaban a radiantes en la víspera de la navidad
cuando llegaban esos aires de fe y de esperanza que traían los otros los
zafreros y sin que ellos los sintieran, de pronto las sirenas de las chimeneas
de las fábricas que escupían vapores en las salidas se confundían con las
campanadas para que en todos los rincones se enteraran que eran tiempos
festivos porque el señor otra vez llegaba en los coloridos nacimientos que empezaban
y terminaban como todos los años, indefectiblemente los veintiséis,
religiosamente, porque después había que volver al yugo porque al descolorido
del patrón no le gustaban los días perdidos menos los días donde corrían las
horas extras y dobles con dolor las perdían.

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