El gordo rompe hueso no se perdía una ni un
feriado ni un asueto ni siquiera una huelga cuando los obreros tenían libertad
y paraban la fábrica por varios días, estaba en todos los eventos importantes
de los niños como si los siguiera incansablemente con su kiosco montado sobre
cuatro ruedas de goma que se había conseguido de algún gomero como Espíndola
amigo que las tendría de descarte de algunas siambretas destartaladas que
quedaban en su tallercito juntando tierra y alimañas, el gordo rompe hueso
aparecía con su carrito y sus tentaciones amontonadas, de chocolates
mentolados, de golosinas manzanas confitadas de galletitas, y pochoclos de
varios días, y se quedaba paciente esperando en la puerta de la escuela, a la
salida del cine cerca de la antipalúdica en las funciones de noche que
comenzaban los miércoles y en los selectas y en los matinés de los domingos y
en los selectas de los sábados, ahí estaba por todos lados porque además había
armado un par de carritos que rodaban de vez en cuando remontando por la
avenida libertad rumbo del hospital o de las paradas de los Balut de los
Atahualpa que pasaban cada hora, uno kioscos más que trabajaban sus niños
mayores en las festividades de carnaval cuando tofo el pueblo se descolgaba a
los corsos, en las fiestas patronales y en la fiestas de la patria
especialmente los doce de octubre que era cuando el pueblo tiraba la casa por
la ventana, el gordo rompe hueso con sus manos grandes y diligente atendía las
colas de niños y de padres con caras de pocos amigos diciendo a sus hijos que
las golosinas eran muy caras y que además destruían las muelas que había que
cuidarlas, el gordo era carero pero siempre tenía lo que le pedían entonces era
como barato.

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