Los maquinistas nos
miraban como haciéndose los distraídos con miradas cómplices mientras el
decauville avanzada a puro ruido del fuego aumentando en la caldera y a puro
ruido de sirenas que se escuchaban cuando el vapor salía por los resquicios de
los agujeros que había por todos los lados, el humo blanco, las ruedas de las
chorbas echaban chispas sobre los rieles desparramados por los caminos que
serpenteaban y rodeaban los surcos entre el ingenio y Florencia y nosotros con
el corazón acelerado corríamos como podíamos para alcanzarlas y saltando sobre
ellas llegar descansados a la casa de piedra desde donde, mientras los coyas
cargaban a lomo los paquetes de caña cosechada con sus manos y sus machetes y
los quitupiés se balanceaban en el aire agitando sus alas pequeñas , salíamos
disparados y disparando para perdernos entre la hojas largas y filosas de esa
planta que les paraba la olla a ellos y a sus patrones que mandaban a sus
empleados lejos de allí, cada tarde de cada uno de los días sin planes mayores
entrábamos a la parte del monte donde todavía no llegaban los hombres como a
las dos de la tarde de los feriados o de los sábados y nos pasábamos todo el
tiempo hasta que ese tren que iba a paso de hombre volvía, fantaseando con ser
superhéroes o tarzanes allá en esos rincones donde el eco sin sembradíos dejaba escuchar clarita la letanía
de los coyuyos quejándose del sol que partía la tierra.

No comments:
Post a Comment