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Thursday, November 12, 2015

Ruedos y soledades.


Los maquinistas nos miraban como haciéndose los distraídos con miradas cómplices mientras el decauville avanzada a puro ruido del fuego aumentando en la caldera y a puro ruido de sirenas que se escuchaban cuando el vapor salía por los resquicios de los agujeros que había por todos los lados, el humo blanco, las ruedas de las chorbas echaban chispas sobre los rieles desparramados por los caminos que serpenteaban y rodeaban los surcos entre el ingenio y Florencia y nosotros con el corazón acelerado corríamos como podíamos para alcanzarlas y saltando sobre ellas llegar descansados a la casa de piedra desde donde, mientras los coyas cargaban a lomo los paquetes de caña cosechada con sus manos y sus machetes y los quitupiés se balanceaban en el aire agitando sus alas pequeñas , salíamos disparados y disparando para perdernos entre la hojas largas y filosas de esa planta que les paraba la olla a ellos y a sus patrones que mandaban a sus empleados lejos de allí, cada tarde de cada uno de los días sin planes mayores entrábamos a la parte del monte donde todavía no llegaban los hombres como a las dos de la tarde de los feriados o de los sábados y nos pasábamos todo el tiempo hasta que ese tren que iba a paso de hombre volvía, fantaseando con ser superhéroes o tarzanes allá en esos rincones donde el eco sin  sembradíos dejaba escuchar clarita la letanía de los coyuyos quejándose del sol que partía la tierra.



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