A los costados de las dos o tres
pistas más los pasillos y las galerías atestados de mozos que no daban abasto
con las cantidades de mesas que atendían y chicos caprichosos que jugaban
corriendo por los todos lados, llevándose por delante lo que había primero con
lo que se topaban los borrachines primero perdían las composturas y las calmas,
y adobados del chupe de sus aventuras no permitían que ningún paracaidista se
aventurara con sus vírgenes con sus adorables hijas las virginales sacándolas a
bailar y las vírgenes que eran buenas mujeres repentinas y también nuevas ondas
en los bailes del doce de octubre donde si ellos se dormían en sus sillas
estaban sus leales esposas para cuidarlas, como a las cuatro de la mañana un
grupo nutrido de curdas iban y volvían de los baños del club recreativo
tambaleándose para hacer equilibrio sin que nadie los ayudara como si fueran una
procesión interminable de varones que entraban y salían de esos cuartos
abiertos y ventilados que así y todo, y de los que de todas maneras salían unos
olores impresionantes unos tufos de orines fuertes estiércoles contaminados de
cervezas y de vino que caían y chorreaban por las canaletas que desagotaban, y
de las tortas de materias fecales de churrateras que dejaban los más
arriesgados como regalo en los inodoros salpicados mugrientos y taponados que
los mismos que los usaban salían a puras arcadas, ellos deambulaban a los
costados de las pistas con sus propias historias como a las cuatro de la mañana
cuando los que quedaban bailando eran los mejores los pasodobles que media
docena de músicos repetían una y otra vez en el escenario, como los Lobo que
daban vueltas y vueltas, las parejitas de tortolos en los rincones y los de la
comisión directiva que en inmediaciones del mostrador calculaban los gastos y
las ganancias.

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