Los topógrafos hombres bien pagos
supervisores representantes de los patrones ajustaban las lentes de sus
teodolitos enchastrados por polvo de la loma que se levantaba con el viento que
se filtraba entre los sauces llorones que parecían soldaditos parados en filas
desparejas a lo largo de toda la pantalla entremezclados con los lapachos y un
par de moras, marcando un curva en la que se perdían detrás de los cañaverales
como el sol cuando comenzaba el ocaso, los topógrafos hombres importantes igual
que los capataces y los chacareros, les gritaban a sus ayudantes para que se
corrieran con los niveles de los que iban sacando las alturas cantadas que
anotaban en libretitas de hule negro y lápiz con minas que se quebraban para
después proyectarlas en los planos de niveles, es que tenían que terminar sus
mediciones en los plazos que los ingenieros les dieron para empezar con los
loteos que permitirían levantar las casitas de los barrios nuevos para el
gentío de los lotes todas iguales que los dueños de la empresa habían prometido
a los gobiernos amigos para que la gente supiera que ellos estaban con la
gente, los topógrafos se abrasaban bajo el sol en el cenit del mediodía
incómodos en sus botines transpirando la gota gorda dentro de sus uniformes de
grafa para terminar con las mensuras y comenzar los loteos, cerca, muy cerca
nomás de donde los coyas, lomo y guaguas en las espaldas de las coyas calladas
y sumisas, al viento y chiquititos a lo lejos, se ganaban sus magros jornales.

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