Los orines y la mierdas
desparramadas a lo largo de más de dos cuadras eran las huellas de las parvas
de obreros que se amontonaban por esos días y aumentaban la lugubridades de las
paredes de los depósitos de azúcar de la fábrica, allá por donde algunos decían
que vagaba el familiar con la forma de un perro negro por las noches después de
la medianoche cuando las parejitas que se iban a rascar por ahí se retiraban a
encamarse en los hoteluchos de tercera que quedaban frente a la estación de los
trenes, manchaban las paredes bien terminadas, pintarrajeadas por esos mismos
días con carbón endurecido y con mensajes contra los orejas explotadores amigos
de los milicos y enemigos del pueblo, unos días antes del tiroteo a los matacos
y a otros compañeros del sindicato que protestaban para torcer las últimas
ordenes de los patrones para que no se pagaran los aguinaldos que decía la ley
del general y que tenían que pagar y que ellos se negaban amparados por el
gobierno de las uniones democráticas, esos orines y esas mierdas eran las
pruebas de las resistencias que hicieron los matacos cuando mandaron a los
gendarmes a fusilarlos a reducirlos a ellos que eran más de quinientos calientes
y no solamente porque no les pagaban los aguinaldos sino que encima se quedaban
con las tierras propias sus tierras con las confirmaciones de jueces de paz que
estaban comprados por los dueños del ingenio y firmaban las escrituras a favor
de las codicias ajenas de cientos de hectáreas con los datos que les daban los
agrimensores que también eran comprados por los patrones, los orines y las
mierdas eran las demostraciones de las resistencias de esos matacos que
entonces después que los cagaron a tiros quedaron reducidos a la nada.

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