Los cosecheros sucios y apestosos
eran justo los que más pagaban en la luz roja los tragos de las chicas ellos no
se achicaban con las facturas que los cantineros amontonaban junto a las
tapitas de las cervezas que destapaban que pasaban las docenas cada noche que los
otros caían que se reducían a cuatro o a cinco en los cambios de mes o de
quincena, ellos pagaban sin chistar con billetes arrugados que sacaban de sus
bolsillos rollitos de plata que contaban en las penumbras y en pedos de
colecciones, los cosecheros sucios y apestosos pagaban en efectivo no como
algunos de los empleados de la misma empresa donde ellos llevaban la zafra de
punta a punta esos prolijos administrativos de camisas blancas y almidonadas
que eran amarretes y codiciosos y aunque eran limpios y atildados las chocas no
los querían, los cosecheros las ponían contentas no como esos que también eran
habitué y pedían que les anotaran las cosas apenas el mes despuntaba después de
tres o cuatro veces de jarana se quedaban sin vituallas y dependían de los
fiados, por eso las chicas se ponían mimosas con ellos con los cosecheros aunque
de a ratos desaparecieran para disimular las arcadas que les venían por esos
olores de transpiración fuerte y de encierro que se esparcían por todo el salón
del boliche cada madrugada esos olores que se mezclaban con los del alcohol y
de los vahos propios del sexo que se hacía en los cuartuchos del fondo porque
los sucios eran también los que más pagaban por las chupadas y francesas y los
otros los más limpios se las tiraban a fiolos y a galanes.

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