No habían peces que se multiplicaban como en la biblia los peces de ellos se agrandaban pasaban a ser criaturas de mitos igual que las otras criaturas de dios que tenían en suertes cruzarse con estos intrépidos aventureros, ,os preparativos duraban como dos
semanas para que ellos emprendieran sus safaris que no eran como los safaris de
los actores en las películas de Gary Cooper aunque duraran menos de una semana
con lo que después hablaban meses hasta las próximas expediciones, eran mejores
porque en el medio estaban ellos que ya salían adobados de sus casas con unas
cuantas cervecitas y se seguían adobando todos los días que duraban esas
expediciones donde además se saturaban de asados inolvidables, los gordos
panzones de cachetes hinchados por
acullicos exagerados como si fuera que fueran las últimas coqueadas de sus
vidas, contaban sus aventuras de caza y de pesca mientras que con sus índices
sobaban con bicarbonato sus bolos movedizos de yuyos acomodando sus paladares,
contaban sus leyendas como verdades sagradas incuestionables ante gentíos
silenciosos silenciados callados y concurridos de niños asombrados por las
suertes que estos tenían cada vez que se internaban en el monte del chaco o
volvían de sus periplos por el Pilcomayo o el Bermejo cuando esos ríos
arrastraban caudales con docenas de los dorados y de las tarariras confundidos
que pescaban con sus anzuelos agarrados distraídos con las uncas de las
carnadas incrustadas vivas en las puntas de los anzuelos de diferentes tamaños
que llevaban en sus camionetas que preparaban como casas rodantes que les
servían cuando dormían y para guardar las provisiones para todos los días que iban,
nunca esos pescados ahogados y rígidos peces guardados en conservadoras con
barras de hielo eran de los tamaños que ellos contaban siempre eran más chicos
por eso los niños sin que volara una mosca entre ellos mientras los escuchaban
dudaban de las cosas que ellos decían mudos sin decirlo callaban y los
escuchaban con devociones de aprendices que luego soñaban en ser como ellos,
cuando contaban de los chanchos del monte o de las vizcachas cazados de un solo
tiro con reflectores en los páramos desiertos del monte bajo donde también
corrían conejos comadrejas y mulitas del monte de vez en cuando, los gordos
panzones de cachetes inflados eran como hijos dilectos de esos niños que cuando
crecieron distinguieron en sus cuentos las verdades de las mentiras.

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