No quedaron registrados en las
contabilidades sencillas de la oficina los franeleos que ellos hacían a las
mañanas temprano recién llegados, ávidos de manos y de apretones el uno con el
otro, no quedaron registrados en esas planillas manchadas en las puntas con
mate cocido que se derramaba en los pupitres cuando tambaleantes forcejeaban en
los contactos de calentones sin sacarse la ropa, porque perderían los tiempos
hasta las horas apenas unos minutos después de esos forcejeos cuando comenzaban
a llegar los otros empleados no fuera que los descubrieran en esos juegos de
masturbaciones silenciosas y desesperadas que los pillaba cada mañana cuando
comenzaban las tareas laborales de los días intensos de atender clientes,
confeccionando los remitos y las cartas de porte de despachos de mercadería que
los camioneros llevaban a otros pueblos, no quedaron indicios de las tintas de
sellos manchando superficies de sus escritorios informes oficios mezclados con
lapiceras y broches y perforadoras, porque ellos mismos se ocuparon de
disimularlos de todas las maneras apenas pasaban esos sofocones que buscaban
juntos llegando un poco antes de los horarios de los otros marcando tarjetas en
relojes que siempre marcaban las horas exactas no quedaron registros de ella
provocando con sus pechos grandes y endurecidos rebalsando camisas blancas del
uniforme con escotes abiertos contenidos por botones apenas enganchados en
ojales deshilachados, ni quedaron los registros de él que como fiera enjaulada
la seguía por los rincones mostrándole en los abrazos eso que le palpitaba
entre las piernas y que ella sabía muy bien calmar con dos o tres estrujones
generosos, no quedaron registradas sus ganas, tampoco sus amores sus caricias
vanas que quedaban en sus historias después de sus friegas después de sus
orgasmos por roces.

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