La noches se alargaban en sopores
ordinarios de vinos tintos a medianoche sin cadenas de frio posibles si no
estaba abierto el quisco del gordo rompe huesos que a regañadientes entregaba
los tetra bajo cuerdas porque a las mañanas temprano les caían los milicos a
comprarle los cigarrillos y los chicles y le reclamaban que no se metiera a
atender a borrachines trasnochados en épocas donde por ahí andaban los camiones
y las camionetas de la empresa con gendarmes nerviosos encima que se los
llevaban sin más preguntas detenidos por averiguación de antecedentes porque se
infiltraban montoneros adentro de las fábricas en medio de los oficinistas que
entraban temprano a las oficinas llenos de sarpullidos en el cuello que les
dejaba el roce de sus camisas blancas y almidonadas, eso y otros que tenían
aspectos de cualquiera y entonces no se daban cuenta lo que tenían que darse
cuenta porque estaban para cuidar los intereses de la empresa que era de todos
como decían los jefes y los chupamedias cuando discurseaban en tertulias y
reuniones, las madrugadas duraban lo que ellos querían que duraran en elixires
de morondangas servidos en vasos de cristales gruesos y grotescos también sin
cadenas de fríos en termidores blancos que se mezclaban con restos de coñac o
de otras bebidas asquerosas y blancas que conseguían en el almacencito de doña
María que esa sí que estaba y dejaba abierto el boliche toda la noche no como el
gordo que se retiraba a medianoche, la misma que les atendía las ganas de comer
a una veintena de obreros que en las noches se ponían en unos pedo de novela y
entonces en otro día ellos quedaban bien, pero bien lejos de composturas y
presentismos en las fábricas.

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