Una gran cantidad de los hinchas
del lobo se vanagloriaban de querer mucho a pregonazo y le pagaban el chupe y
le daban chirolas y le alcanzaban camisetas y cotillón con los colores del club
de los amores que el otro se enganchaba fácilmente y entonces servicial se
encargaba de ir y de volver de la cantina para que ellos no anduvieran con esas
chucherías, todos contentos en especial los días de partido y más en especial
los sábados que ganaban y ponían los porotos en los fixtures para mantenerse en
la primera ce y lograr los soñados
ascensos, pero a él no le sentaba después de sus escándalos después que lo
dejaron la mujer y los amigos después que le secaron los bolsillos que
rebalsaban de plata en épocas de odiseas y glorias de los chéveres sus
compañeros de la movida de cumbias en los bailes que rebalsaban de gente en los
carnavales y en las fiestas patronales, porque cada vez que se entonaba más de
la cuenta y comenzaba a relatar las historias de sus desilusiones que eran
muchas los muchachos ya mamados se volvían a sus domicilios y entonces quedaba
solita su alma en las noches y en los lugares donde la modorra lo agarraba que
eran la terminal de colectivos donde pasaba los inviernos un poco más a resguardo
o en la plaza del pueblo donde recalaba todos los veranos a cielo abierto dueño
de las estrellas de todo el firmamento que a veces estaba con nubes encapotadas
antes de la tormentas, todos contentos pero a él no le sentaba se quedaba
triste y mordiéndose sus propias broncas el chupe no alcanzaba para ahogarle
las penas.

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