Como rituales nos salían las
mañanas y las tardes de feriados las cosas que hacíamos, como meticulosas
ceremonias de asuntos de amigos de toda la vida como intrusos subidos en
troncos de moreras buscando de hacer nuestras casitas allá donde no llegaban
los retos de los que nos retaban seguido, buscando el entretenimiento del día
largo día que nos reparaba un porvenir que ni imaginábamos y que alguna vez llegaría
con los pantalones largos y las voces gruesas, adonde íbamos adónde nos
quedábamos, las tardes y las nochecitas de los días no laborables de huelgas de
los obreros o levantadas en el campo, nos salían las agendas aunque
desordenadas sin que supiéramos que esas eran agendas porque qué podíamos
conocer de agendas si lo único que nos interesaba era colarnos como podíamos
colgándonos a la carrera siguiendo las velocidades de la serpientes sobre
rieles como el gusano del circo de sibalero que le daba el maquinista a esa
mole de hierro a cada palazo de leña que el ayudante metía en el horno de la
locomotora donde las maderas chisporroteaban y explotaban como cohetes y como
arcos iris que aparecían pero desaparecían con la misma rapidez, en las chorbas
del devouville que entraba al corazón de los surcos con sus chorbas vacías que
salían después rebalsando de paquetes de caña que se llevaban a los trapiches
en los canchones del ingenio, para quedarnos por ahí en los círculos que
dejaban los propios cosecheros en medio de los mares de cañas verdes y
amarillas, y donde nos sentábamos a contar nos sentábamos a escuchar los
cuentos del familiar y de gume, y otros se sentaban a escucharnos que ese día
bajábamos de la loma y nos quedábamos a media tarde alrededor de la casa de
piedra siempre que el chacarero no nos viera, como anagramas de los tome y daca
de lo que nos gustaba de los que nos asustaba.

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