Viperino por la buena vespertino
cuando grababa ejecutivo era el Buendía celoso de sus trabajos puntilloso, nervioso
caminando entre las cuatro paredes de su aguantadero de la avenida como una
veleta temblequeando pero firme apuntando para el lado de donde venía el viento
que para él era en del mejor postor del que mejor pagaba los servicios que vendía
que parecían nada pero de pronto eran todo porque sin propaganda no había
ventas y sin ventas no había negocios y sin negocios no se pagaban las partidas
de las tasas municipales y si no se pagaban las tasas municipales se fundía el
intendente y no había alumbrado barrido y limpieza y todo el pueblo moviéndose
gracias a sus buenos oficios, el Buendía vendía sus publicidades callejeras entre
las diez de la mañana y las doce del mediodía de cada día al mejor postor en
contratos casi de palabra en compromisos que se plasmaban con un cheque firmado
en blanco como garantía porque nunca llegaban al banco, contratando por hora no
más de tres horas por día porque si no, no le alcanzaba el tiempo para meter
las grabaciones ni siquiera para hacerlas esas grabaciones que duraban no más
de unos dos o tres minutos pero a él le llevaban unas horas, dos o tres por día
nomás y después los anuncios que hacía los hacía en una renoleta vieja con un megáfono
un altavoz atado en el techo conectado por un cable con una grabadora que
colocaba en el asiento de atrás de la que emanaba su voz siempre su voz y algún
estribillo de foxtrot que enganchaba a la gente, andando lentamente como para
que todos escucharan por las calles del ingenio, cuando a los turcos de la casa
blanca o del porvenir que estaba al frente que era la competencia, les llegaban
las partidas de mercadería de la capital bultos o atados enteros que el Balut o
el Atahualpa dejaban en la terminal del libertador de pilchas con olor a nuevo
para venderles a los coyas y a los chaguancos que venían para las zafras,
cuando al indio Singh le caían los camiones con bolsas de harina y maíz bolsas
enteras de fideos choritos para la sopa o los guisos bosas de porotos pallares
que compraba al por mayor que le entregaba a los gallegos del hogar feliz que
despachaban al minorista por kilos en bolsas de papel madera, se acordaban del
Buendía y lo buscaban para que les hiciera la propaganda, él nunca les fallaba
menos como le fallaron ellos el día cuando
al ingenio llegó alguno que instaló una emisora de radio.

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