La media naranja el uno para el
otro eran el judío que comenzaba los miércoles a separar la platita en fajos de
cien pesos ley para sus timbas de los sábados a la tarde en la sirio libanesa de
san pedro y ella que en chancletas le cebaba unos mates mientras entre los dos
solo los dos atendían el boliche que habrían como a la diez de la mañana y
cerraban a las seis de la tarde como era la costumbre en la capital y no en el ingenio donde todos se
iban a dormir la siesta todos en el pueblo salvo algunos bolivianos que empilchados
y en ojotas andaban gastando el aguinaldo todo el aguinaldo más lo que quedaba
de la quincena y entraban al local a comprarse vaqueros remeras y camperas,
eran felices y se las pasaban en días que eran parecidos de a ratos atendiendo
el negocio ocupándose de los primeros párvulos que ya andaban por primer grado
y el jardín de infantes y fornicando todo el tiempo que parecía quedar y eran
felices el uno para el otro, el judío separando de sus ganancias para jugar sus
partidas con otros turcos y otros judíos del Rotary que se encontraban en el
club los sábados a la tarde y le daban duro hasta las mañanas de los domingos cuando
volvían a sus casas y se cruzaban con las mujeres devotas que envueltas en
mantas y sus pañuelos pasaban solas y silenciosas a las misas de siete, forrado
en oro triplicando sus ganancias el judío nunca perdía por eso eran felices
como dos tortolitos, el judío con sus timbas y ella que en sus ausencias
aprovechaba las partidas para ponerle unos cuernitos sacarse las ganas con otros
partidos pretendientes que le gustaban.

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