El curita Martínez lo hacía de
buenas a primera convencido que con eso los mandaba por lo menos al purgatorio
que los milicos le dijeron que era algo así como ese mismo edén que no era el
cielo pero que tampoco era el puto infierno donde los demorarían a los
peregrinos a sus propios cristianos por averiguación de antecedentes, no era lo
mismo que al infierno donde satanás los quemaba perdiéndose en el infinito del
tiempo condenados hasta la eternidad, el curita Martínez les buchoneaba a los
de la intervención cada mañana le llevaba al secretario del mayor Arena unos
papelitos de hoja de cuaderno Rivadavia mal cortadas donde renglón por renglón
le pasaba con su letra chiquitita los nombres de los que habían recalado el día
anterior por su capilla a confesarse a pedir sus comuniones y a contarle de sus
dramas rumoreando que los perseguían que necesitaban consuelos y resignaciones
y sus intervenciones para explicar que no habían hecho nada malo y que no había
nada de malo en estar de parte de los obreros de los pobres que tienen que
andar yugueando y que son explotados porque les pagaban sueldos de hambre que
no sirven ni para parar la olla, y que los detenían porque no se acordaban el
número de documento de memoria pero que adentro los hacían papillas a puros
azotes y a chicanas que él ni se imaginaba mientras les preguntaban de otros
compañeros de los otros compañeros de los que se escaparon de los que se
tomaron el buque y se fueron a otros lados, que ellos decían que eran
revoltosos porque andaban hablando mal de la empresa, el curita andaba metido
en todos esos fuegos cruzados y miraba para otro lado cuando los familiares de
los que le iban a consultar comenzaban a aparecer y le decían que los fieles
sus ovejas habían desaparecido después que lo vieron, parecía un juego pero el
curita de buenas a primera le había pasado aviso al obispo porque sabía bien
que jugaba con fuego.

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