En los inviernos que no eran
crudos inviernos pero que eran importantes inviernos los cargosos muchachos de
la escuela normal nacional de maestros los tigres como ellos mismos se habían
puesto en tantas chances y bromas cuando pasaron esos tiempos que podían andar
libres aunque fuera con esos guardapolvos almidonados que les obligaban a
llevar las madres mandonas y el director García ayudado por el soplón del cura Martínez,
libres riendo por las calles con sus sueños y sus defectos por qué con no sus
defectos, si al final eran como cualquiera con quince dieciséis diecisiete años,
en esos inviernos que no eran crudos inviernos ellos no pasaban por la esquina
de las calles victoria y libertad donde la encontraban a ella esplendorosa como
era ataviada con esas pilchas llamativas y raras que se tiraba encima y que con
más o menos disimulo eran ropa que ella se ponía como sabiendo como buena
guacha que encendía sus imaginaciones y sus energías de tigres comenzando la
vida, en los inviernos ellos no pasaban pero apenas llegaban los calorcitos se
volvían infaltables a esa esquina donde sabían que a la puerta de sus casa ella
mirando al infinito a ese infinito decían los lengudos adonde la habían dejado
los que las metieron e cana por peruca, ella los dejaba que miraran lo que los
otros miraban sus piernas blancas y perfectas sus tetas enormes y sus caderas
con formas que tal vez no fueran pero que ella se encargaba que fueran a fuerza
de anchos cinturones de charol que además adornaban aún más los chirimbolos de
sus arreglos, en los inviernos los muchachos se enfriaban pero en los veranos
entraban en calores con esa reina de la Lheyla.

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