Los niños cortaban en pedacitos desparejos
otra veces todos iguales los tallos frágiles de las parras para armar sus
pitillos en la forma de cigarrillos para fumar a escondidas en las siestas
cuando quedaban solos a la deriva porque sus padres se recogían a las modorras y
a sus camas matrimoniales donde dormían o cogían eso dependía y se notaba en
los ánimos con los que aparecían cuando aparecían, al margen de la mirada de
las sirvientas que bostezaban y protestaban por lo poco que cobraban para
cuidar de los indios que eran que en vez de portarse bien andaban con esas
pelotudeces, los niños los tomaban con las puntas de sus dedos pequeños y los
encendían de uno de los extremos con fósforos que se robaban de las propias
cocinas de sus propias casas y que humedecidos en los bolsillos de sus
pantalones costaba que se encendieran por más que algunos de los niños lo
hacían con técnicas que habían aprendido de fumadores históricos sus padres sus
abuelos sus conocidos, rompiendo la cabeza de esas pequeñas bengalas también
con las puntas de dos de sus dedos, los niños habían descubierto que con esos
pedacitos del tallos de la parra que aspirando pitando simulaban disimulando lo
mismo que hacían sus padres con los derby y los particulares cuyos paquetes no
descuidaban para que ellos no los tocaran además de repetir que era un vicio
que enfermaba, inspiraban aspiraban expiraban y les salía de bocas redondeadas
un humo oscuro con el que los más habilidosos hacían roscas de esos humillos
que se desvanecían en el aire en los días de invierno y quedaban dando vueltas
por segundo en el aire caldeado y denso de los veranos, los niños cortaban los
pedacitos y los fumaban aunque no faltaban los que decían que por qué tenían
que andar escondiéndose, que los grandotes esos se iban en consejos estúpidos y
prohibiéndoles hacer lo que ellos mismos hacían.

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