Nadie mosqueaba en las siestas
del viejo ni nadie se animaba a decir esta boca es mía mientras él llevaba
adelante la ceremonia diaria de quitarse de encima el letargo el lastre pesado
de las siestas de cuarenta y ocho grados a la sombra que se dormía en los
intervalos que se daban en ese trabajo de maestro mayor de obras empleado por
la empresa para que hiciera de supervisor de obras menores que no le gustaban y
por eso refunfuñaba, y le echaba la culpa a dios que no se acordaba de él que
no se acordaba de dios como le había dicho el cura de chico cuando le enseñara
catecismo con la misa de los domingos y las comuniones y a los jefes y al que
tenía cerca, a cualquiera le decía mientras se lavaba la cara con agua fría
para terminar de despertarse que se le estaba pasando la vida y que estos hijo
de puta no le reconocían sus capacidades ni sus sacrificios y que premiaban a
los vagos y chupamedias que pululaban por todos los rincones del ingenio, nadie
hacía movimientos muy comprometidos ante la amenaza que si los había lo mínimo
que se venía era una recontra re mil puteada si no eran sus amenazas repetidas de
abandonar para siempre el barco de la familia y dejarla a la vieja a la deriva
en el mar de quilombos y pasar con el sueldo de su laburo de maestra de grado
manteniendo a tres malcriados que no agradecían lo que tenían y a ver si le
daba el cuero con esos sueldo de mierda que le pagaba la provincia con todo el
sacrificio que hacía, nadie se animaba a parársele menos el del medio que
siempre se le plantaba y le decía que en vez de andar renegando que haría muy
bien de dejarse un poco de joder porque las siestas serían pesadas para él pero
también para todos los demás que a cualquiera le hacía un calor de órdagos con
semejante temperatura, que no se ande despreciándolos a puro despechos porque
cualquier se levanta con el culo revuelto de la siesta aletargado y él no tiene
la coronita.

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