El otro boliche en San Pedro era
la luz verde como en el ingenio la luz roja y en la tacita de plata la luz
amarilla en la zona de la terminal con poca luz y penumbras donde entraban y
salían muchos colectivos que traían y llevaban hombres más que mujeres hombres
de pelo en pecho que iban cortando clavos por encontrar una pareja aunque fuera
pasajera, solitarios peregrinos en busca de una caricia de un desahogo,
escapando a las masturbaciones solitarias en cuartos solitarios de hoteles de
mala muerte, boliches regenteados por el fiolo de González que era familiero y
no las abandonaba a sus trabajadoras el mismo que tenía una mujer en cada lado de
los que andaba que le reportaba cómo se comportaban las chicas si eran
comedidas y cariñosas con los clientes, sin encariñarse más que para sacarles que
pagaran unas copas mientras departían de pájaros perdidos de los que pagaban
bien y de los tacaños que querían todo por el mismo precio, siempre con las
mismas recomendaciones de siempre del decía unas fornicadas normales y unas
francesas de vez en cuando pero hasta ahí nomás y siempre que pagaran lo que
correspondía que por eso no se enamoraran porque se las llevaban y pasaban de
divertidas a aburridas amas de casa tendiéndolos ellos cuando ellos nada justificando con su
trabajos y pagando a medias el puchero, el fiolo cuando llegaban los momentos
las probaba para enseñarles las cosas importantes para los hombres y las formas
de cuidarse de los cargosos y de los enfermos, sabía bien que ellas no contaban
con parientes cercanos que si estaban cercanos miraban para otro lado como
desentendidos, que las chicas andaban en cosas raras pero sin decir demasiado
porque de eso comían, si se andaban portado bien con los clientes si se
enfermaban si se retiraban ya cuando iban llegando a sus ocasos y eso era lo
importante porque si no aparecían por sí solas había que buscar chicas más jovencitas,
u entraban más como compañeras de trabajo que como pacientes d esa gran familia
que eran.

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